Preservarnos del delirio

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Estamos todo el tiempo bombardeados por imágenes, arrebatados por sensaciones, interpelados por emociones intensas, promesas de goce, de adrenalina, asombro, terror, asco, odio. Lo sensual se replica en los afiches de la calle, las vidrieras de las tiendas, los artistas de moda, las series y películas, la telebasura.

Todo eso es ilusión, delirio, amoralidad, irrealidad, alienación. En resumen, pura fantasía. Liberate de todo eso: vivir rodeado de emociones extremas continuamente, solo hace que pierdas el autocontrol, que pierdas registro de lo que te pasa en tu vida cotidiana, que dejes de oírte, que te desconectes de lo real, de lo que es.

La mass media, los videojuegos, la televisión, el cine, las series crean realidades virtuales que la sociedad cada dia confunde más con la verdad. Es importante que abordemos toda esa densidad informática con los pies en la tierra, siendo profundamente críticos, sino tarde o temprano nos veremos inmersos en una locura de difícil retorno.

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Asombro

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¿Como no sentirme asombrado frente al breve pájaro que recoge frutos frente a mí? ¿Como no asombrarme ante aquella gran araucaria o los enormes árboles de mi calle; con la luz de una estrella que nos llega aún cuando esté apagada hace años?

La maravilla de la vida está ahí, en todo lo que hacemos, frente a nosotros y dentro de nosotros. Es preciso ver todo con ojos de niño, con mirada de recién llegado, para entender lo admirable y sorprendente que es todo: como hasta el más mínimo ser resulta inexpugnable para nuestro intelecto.

Es preciso practicar el asombro cotidiano para ser plenamente conscientes de que estamos vivos. No hablo dar gracias sino de dejarse atravesar por la intensa luz que irradia lo que nos rodea; tampoco creo que haya que ser un optimista radical… Pero si que debemos estar atentos a estas cosas, que todo pasa y nuestras más terribles tragedias están destinadas a quedar en el olvido y que no nos cuesta más trabajo asombrarnos que vivir adormecidos.

Domingo

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Hoy apareció como nuevo usuario del Instagram un viejo amigo que hace años no veo. Creo entender que nos distanciamos por la política. En ese entonces yo era kirchnerista y él no. Supongo que me dolía que él no lo fuera… Grave error, que demuestra esa tendencia tan común de identificarte con lo que pensás, y de tomar como una ofensa personal que el otro no piense como vos.

Hoy, que ya no soy kirchnerista, pero tampoco creo ser lo contrario (ni un converso, ni nada más que apenas una persona) espero poder recuperarlo, poder sentarnos a charlar y reconstituir la trama de nuestra amistad a fuerza de largas charlas.

Addenda al compromiso con lo cercano

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El tema es que comprometerse con lo cercano tiene que ver con ampliar el horizonte de acción posible y positiva del individuo. Umberto Eco decía que el hombre actual está tan informado que queda apabullado: el mundo es un desastre en todos lados, ergo, nada puede hacer… se siente insignificante ante el tsunami de tragedia que los medios le embuchan por los ojos casi de prepo.

Por eso lo mejor, a mi juicio, es enfocarse en nuestro horizonte cotidiano: la gente real que nos rodea, nuestro barrio, nuestro pequeño mundo… Ahí sí nuestro marco de acción es mayor; Casi como volver a las raíces, igual que nuestros abuelos, sin retroceder demasiado en el tiempo: crear comunidad.

Compromiso con lo cercano

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Considero una cuestión de salud elemental saber enfocarse en lo único real que tenemos: las alegrías y tristezas propias, nuestros amigos, nuestra familia. Podrán decirme egoísta pero me interesan mucho más las personas que amo y conozco que los ignotos ciudadanos que me cuentan las noticias. Claro que les deseo lo mejor, que ya quisiera yo que no haya injusticias, pero prefiero la solidaridad real con mi vecino que practicar una ficción a través de una cadena de WhatsApp o de Change.org, o de Greenpeace. Y ojo: aquí no entran ustedes, que aunque lejanos son personas verídicas.

¿De qué sirve donar a UNICEF si tengo a mi suegra que no llega a fin de mes?¿De qué le sirve a un obrero de una fábrica que cierra mi solidaridad? Prefiero abocarme a lo que está en mis manos hacer y no en lo que se me dice que debe ser mi preocupación.

Debemos estar siempre atentos de que no nos trafiquen banderas de las que no estamos muy seguros quién las enarbolan.

Los profetas

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Que la televisión, la radio, las plataformas como Netflix y los medios escritos –con sus batallones de periodistas, opinadores y artistas– son los profetas de esta era, creo que es algo que está claro. Le indican a la Grey de qué debe quejarse, de qué debe alegrarse, qué cosas deben ser lloradas, cuándo es momento de derechos y cuándo de intolerancia, qué está bien o qué está mal.

El individuo medio está perfectamente enterado de la tragedia del tsunami en Japón, de los atentados en Barcelona o París, pero no sabe nada de su vecino: le preocupan la Amazonía y las ballenas pero no tiene ni idea sobre los agrotóxicos presentes en su alimentación cotidiana. Solo llorará, amará u odiará aquello que los profetas señalen, incapaz de darse cuenta de que llora, ríe, protesta o calla de acuerdo a los intereses de otro.

Hay algo profundamente inmoral y terrorífico en cómo los profetas (personeros de otros, claro) usan causas justas como cortinas de humo, justos reclamos como útiles formas de dividir para reinar, para impedir a las personas ver qué pasa con su propio jardín, para lograr que vivan para otros, para ser ciegos peones del lobby.Debemos estar muy atentos a estos manejos. Bastante fui parte ya de estas cosas, bastante peleamos en mi propia familia y con mis amigos por defender personajes que ni siquiera conocíamos… Hoy esos personajes ya no están pero la división perdura. Hay que ser muy cuidadosos: las causas pasan pero las personas quedan.

Quino.

Metas

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El año pasado cumplí mi meta y bajé trece kilos de peso. Todavía me sorprende pensar que andaba por la vida con toda esa carga a cuestas. Fue una cuestión de decidirme y actuar: entender la importancia de la atención plena en el momento de comer, aprender a controlar la ansiedad.

Hoy me doy cuenta que la meta del 2019 será romper con el sedentarismo. Como decía el padre de Mafalda (palabras más, palabras menos) estoy empezando a ser más joven que mi cuerpo. Estoy envejecido… No es cuestión de olvidarme que tengo 38 años sino entender que podría estar mucho mejor de lo que estoy.

Hoy en el Hospital Alemán me confirmaron que tengo un nuevo desgarro, pequeño, pero desgarro al fin. Algo me está pasando para que, sin ser un atleta, me lastime de ese modo. Quien sabe? Tal vez a fines de este año no solo esté recibido sino también más saludable.

Martes

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Ayer otra vez la pierna derecha que me tuvo a mal traer durante el 2018 vuelve a complicarme. Todo el día tirado en la cama. El darme cuenta que estoy envejecido y que el cuerpo me va marcando territorios vedados.

El año pasado a raíz de un doble desgarro gemelar, tuve un trombo en una arteria. La saqué barata, podría haber tenido consecuencias graves, incluso suficientemente definitorias como para haberme impedido estar acá ahora.

Y de pronto el temor, el miedo a quedarme a mitad de camino cuando más feliz soy. El preguntarme qué me pasa, porqué de la nada surge esto, qué me estaré queriendo decir.

Desde otra mesa

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Estoy almorzando en un café de Belgrano. Tres mujeres ancianas se han reunido: se recibieron con abrazos y ahora hablan con un paréntesis de reposo en medio del nervio urbano.

Una de ellas se parece mucho a mi abuela Dirce… Mismo corte de cabellos, mismos gestos. Inevitable para mí no sopesar la carga de historia de esas mujeres, todo lo que deben haber vivido y aún así se las ve tan campantes.

Hoy a la mañana me levanté con una estrofa de una canción de Serrat, que dice “y a los viejos se les aparta, después de habernos servido bien”. Pienso que para una sociedad sin memoria nada mejor que aislar a los viejos. Ayer con Lau pasamos por la puerta de un geriátrico en Devoto (de una sociedad anglo norteamericana), casualmente.

Algo malo pasa si las familias no pueden integrar a los viejos a su cotidianeidad. No hablo de los casos donde el viejo está tan enfermo que lo único responsable de hacer es internarlo. No. Hablo del caso donde aún se valen de sí, cuando todavía tienen vida que vivir.

El sistema actual está empecinado por borrar al lan de la faz de nuestra cultura —algo tan antiguo como la propia Humanidad. Tal vez una de las formas sea cortándolo de raíz y esa raíz son los ancianos. Se por propia experiencia que cuando los viejos mueren las familias se disgregan.

Seguramente los viejos no sean todo lo sabios que uno imagina, es claro que la experiencia no siempre es buena consejera, pero lo rescatable aquí no sería lo experiencial sino la memoria, el campo visual más amplio que permite el análisis. Como dijo una humorista: no existen los viejos tontos, solo los tontos que se hicieron viejos… Debiéramos recuperar la presencia de los viejos en la vida social y rescatarlos del lugar de ridículo y grotesco al que se les confina.